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004 - De la Serie A propósito: Marketing (en español)

Portada de Marketing

Juan:                «Oye, Manuel, mira qué bonitos vasos.»

Manuel:             «Están bien grandes, para saciar la sed con rapidez.»

Juan:                «Oye, ¿y serán de vidrio?»

 

Manuel:             «Yo creo que sí. No parecen de plástico, se ven muy elegantes.»


Juan:                «A mí ni me va ni me viene lo de la elegancia, pero sí lo del sabor. ¿A poco no has notado la diferencia en el sabor de las bebidas cuando usas vasos que no son de vidrio?»

Manuel:             «Claro que sí. Ni el agua sabe igual en vasitos de cartón o de papel encerado.»

Juan:                «¿Sabes de lo que me acuerdo cuando los veo?»

Manuel:             «No tengo la menor idea, pero me imagino que de tu juventud o de tu niñez.»

Juan:                «Sí, cuando era niño mis padres me llevaban a las ferias del pueblo y allí había un señor que tenía un puesto de jugos. Vendía jugos de todo: de naranja, de piña, de mamey, de sandía, de zanahoria, hasta de alfalfa. Lo que más me llamaba la atención eran los colores de los jugos y esos vasotes bien grandes que había que agarrar con las dos manos. Se me hace agua la boca nada más de acordarme.»

Manuel:             «También en mi casa usábamos vasos de vidrio grandes. Ahora ya casi todo es de plástico, las cosas han cambiado mucho.»

Juan:                «¡Vaya que han cambiado! Ahora la gente viaja en avión, en barco o en autobús; ya casi nadie viaja en tren.»

Manuel:             «De verás que sí, los trenecitos están abandonados.»

Juan:                «Allá en mi tierra, había un tren que tenía que subir unas montañas muy empinadas y hacía grandes esfuerzos por llegar a la cima. Pero luego, venía la bajadita y era muy placentero el viaje. Sobre todo después de haber saciado la sed.»

Manuel:             «¿Saciado la sed?, pues ¿de qué me estás hablando Juan?»

Juan:                «De unos pícaros vendedores en el pueblito que queda hasta mero arriba de la montaña. En una ocasión, fuimos toda la familia junta a visitar a los abuelos, a los papás de mi mamá. Cuando el trenecito llegó al pueblo aquél se subieron unos vendedores de tortas, de tamales, de tacos a hacer su vendimia y como el tren iba retrasado pues teníamos mucha hambre y todos compramos la comida que nos ofrecían. Sólo que había dos cosas, la primera que todo estaba bien picante y la segunda que no tenían nada que ofrecernos para beber dizque porque se les habían roto todos sus vasos de vidrio en un accidente. Pues así fue como tuvimos que continuar el viaje. Con una sed enorme; me acuerdo que mi hermanita iba jalando aire por la boca, la pobre iba bien enchilada.»

Manuel:             «Y luego ¿qué pasó?»

Juan:                «No, pues al llegar al otro pueblo había puros vendedores de refrescos, jugos, aguas de todo tipo, hasta con hielo, pero a qué precios, Manuel, ¡exorbitantes! Pero, ni modo, a pagar para apagar la sed, no hubo más remedio. Lo único que nos gustó es que los vasos eran grandes y eran de vidrio. Pero qué condenados esos vendedores, Manuel. Aprovecharse así de la gente, ¡qué vergüenza!»

Manuel:             «No Juan, qué vergüenza ni qué ocho cuartos, a eso se le llama marketing.»

 

© Jacob A. J. Taylor 2011

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